Iba a contarte que anoche estuve en el cementerio (nada demasiado cercano, un vecino).
Que cada vez que veo la muerte de cerca me entran mis paranoias pseudo – filosófico – transcendentales. O no será por la muerte en sí, sino por estas navidades, circunstancias, cosas…
Que recorrí Granada entera (y cuando digo entera, es en un sentido amplio) buscando un bar en el que encontrarme agusto. Un bar sale mucho más barato que un psicólogo, no soy creyente (en nada, por desgracia), y además si vas solo y eres discreto, no le das la brasa a nadie.
Que en esa búsqueda probé un pub medio pijo, un garito medio jevi, varios intentos cerrados (lunes y en navidad…) y un local gay.
Que donde estuve más cómodo fue en el último, leyendo un panfletillo editado por un sex-shop mientras terminaba mi segunda copa.
Que no ligué, y que sigo siendo hetero ;-).
Que llegué a mi casa medio borracho pero con mejor ánimo.
Pero es que lei por ahí una cita:
No le cuente usted sus penas a sus amigos, que les divierta su puta madre.
Y estoy pensando que va a llevar razón. Así que no lo cuento. Y esto no va para los amigos, por si acaso.
Le habló un arkángel a veces, de nuevo, solo y solitario.


El caso es que llevo algunos meses dedicando la mayor parte de los fines de semana a lo que yo he venido a denominar «Master en montaje de