Sin querer, acabo de escuchar el final de una conversación entre dos vecinas, de unos 60 o 70 años:
– Bueno, niña, que me voy, que hay que ver el coñazo que te doy.
– No mujer, si me sirve de distracción. Por lo menos me distraigo.
– Bueno, venga, hasta otro dia.
No deja de resultarme cuando menos curioso (a veces, cosas peores) el hecho de que, cuanto más tiempo tiene uno para hacer cosas, menos ganas u oportunidades tiene de hacerlas.
Seguro que te ha pasado: en esas épocas de agobio total, por exámenes, por trabajo, o porque tu mismo te lo has buscado, empiezan a pasarte por la cabeza diezmil posibles actividades en las que ocuparte, todas por supuesto mucho más apetecibles en ese momento que la que has elegido. Luego llega la época en la que estás más bajillo y no sabes si levantarte del sofá para pasarte al ordenador, o a la inversa.
Son trampas mentales, que seguro que se pueden esquivar con algún procedimiento de esos que los psicolocos estudian en la carrera. Por ejemplo, se puede hacer una lista para el futuro: Cosas que me pueden servir de distracción.
Además, estaría bien categorizarla, poniendole etiquetas a cada actividad. Algunas de las categorías podrían ser: «lo puedo hacer si estoy pelado de pasta», o «esto para cuando me toque la primitiva», vaya a que con la euforia del momento se te olvide esa ilusión-de-tu-vida, y te mueras sin haberlo hecho.
Yo no tengo paciencia como para hacer este tipo de listas (en realidad no es nada nuevo, tampoco tengo wishlist). Además, que leches, si de verdad lo tuvieramos todo tan pensado, seguro que al final sería aburrido. Quizá todo consista en ser conscientes de esto, simplemente, sin llegar a anotar nada.
De modo que tanta letra para nada…
Le habló un arkángel que acaba de recordar una lista de deseos al terminar de escribir.
Por ejemplo,
Se ve que el sistema ese de la anillita que desde hace así como 15 años se viene poniendo en todas las latas de conserva y similares tiene algún fallo.