Les voy a contar dos historias. Intentaré ser breve.
La primera de ellas se remonta casi 20 años atrás, cuando yo aún era una persona (si quieren, otro día les explico esto). Vivía en mitad del campo, rodeado de tierras de labranza, hazas, que es como se les suele llamar en esta zona, y precisamente mi abuelo era propietario de, entre otras, en la que me encontraba en aquel momento.
Un muchacho de los que mi abuela habría definido como uno-de-esos-que-no-se-lavan, un jipi de esos, pasaba por el camino, justo al lado de mi casa, justo por donde estaba yo descubriendo o investigando algo aquel día. Era época de recoger las papas, que se quedaban amontonadas bajo los motones de sus propias matas, refugiadas así del sol mientras esperaban ser transportadas.
Aquel jipi se acercó un poco a mi casa, miró uno de los montones de papas, dudó, y al rato me dijo: «oye, ¿tú no me llenarías la mochila con papas?». Yo le respondí que sí (mi abuela lo habría hecho, ya no se exactamente a donde lo habría mandado mi abuelo…), cogí su mochila y, tras una incursión a lo 007 entre las papas, volví con su mochila hasta arriba de los tuberculillos. Él, muy agradecido, y supongo que con la comida de un par de días resuelta, no se exactamente por qué me dijo algo así como «gracias chaval, cuando vuelva por aquí te traeré un regalo».
Para un niño de 7 u 8 años aquello era una verdad incuestionable. Tanto que empecé a imaginarme el microscopio que se me antojaba por aquel tiempo (creo que he sido un poco friki desde pequeño), sin pararme a pensar en que las posibilidades de que alguien que estaba mendigando 3 o 4 kilos de patatas regresara con algo de más valor material que un palo tallado eran, digamos, inexistentes. De hecho, jamás regresó.
La segunda historia empezó hace unos seis meses. Uno de los niños del patio de mi actual casa se hizo amiguete mio porque les di algo a cambio de no comprarles nada en un puestecillo que habían improvisado. A partir de entonces me saludaba, me preguntaba por la moto, me abría la puerta. En fin, me demostraba desde sus 6 o 7 años que era mi amigo.
En esas estábamos cuando en una de las «conversaciones» hablamos de juegos de ordenador, de lo que le gustaba y lo que no. Y yo le prometí que le grabaría alguno de coches. Se me olvidó por completo, claro.
Ayer por la tarde estaba él con unos amigos en el patio mientras yo sacaba la moto, y oí esta conversación:
– Mira, mira, la moto. – dijo mi amigo de 6 años.
– Sí, sí. El que decía que te iba a grabar los juegos. ¿Donde están? – le respondió uno más mayorcillo.
Se me cayó el mundo encima. Y recordé la primera historia. Desde el otro punto de vista, claro.
Nunca prometas nada a un niño si no lo vas a cumplir…
Le habló un arkángel buscando los juegos prometidos.

