Pero un problemón gordo de los gordos.
Situación:
Ropa sucia del gimnasio. En una mochila. Calzoncillos y calcetines incluidos. En una bolsa dentro de la mochila, en la oficina. Yo, sin saber exactamente cuando iba a pasar por mi casa (días de fiesta local, ferias, cachondeo, jijijís, jajajás,…).
Y me voy a comer a la casa de mi madre… Me llevé la mochila, por si acaso. Pero aquí es donde venía el principal problema: en los aproximadamente 2 años y medio que llevo emancipado siempre he podido decir, con la cabeza muy alta, que nunca le he llevado a mi madre ropa sucia para que me la lave. Y quería poder seguir diciendolo, pero la cosa se planteaba fea.
Mi madre, que viene a ser casi tan puñetera como yo, pero con 20 años más de experiencia, y en mujer, notó mi debilidad conforme me senté a la mesa y le dije lo de «tengo un problema». Conforme iba contándole la situación me pareció intuir un brillo en uno de sus ojos, y noté, de algún modo, que sus uñas empezaban a crecer y a afilarse sutilmente. En ese momento fue cuando tome conciencia de lo que estaba pasando: estaba vendiendo mi alma al diablo por un chandillal y unos calcetines sudaos.
Reaccioné rápido, y escapé de ese sufrimiento eterno que hubiera sido haber puesto ese argumento en las manos de la que me trajo al mundo. No se los años que me quedarán de vida, pero todos ellos, en todos y cada uno de sus días, ella me hubiera podido decir algo así como: «claro, para tí es muy cómodo, como cuando te conviene traes la ropa sucia para que te la lave yo…». ¿Te lo imaginas? Menos mal que conseguí evitarlo.
¿Como?
Fácil, puse yo la lavadora… ;-)
Le habló un arkángel un poco chorroso.



