«Salgo un momentillo a que me miren las gafas en la óptica, que se están cayendo a cachos.»
Con una frase tan inocente le puedes meter un crujío importante a la cartera, así sin darte ni cuenta. Porque en la óptica tardan un momentillo en arreglarte lo del puente, y además no te cobran nada, pero claro, allí estás tú en mitad de una óptica, medio cegato, y con un montón de gafas de sol para probarte.
Y te las pruebas… Total, es por ver como te quedan, si no te las vas a comprar, si ibas a ir a echar un vistazo por otras ópticas más baratas… ¡Uy, estas Rayban como molan, y están en la zona de las ofertillas! 50 eypos, ¿más el descuento? Anda, pues no está mal…
Y preguntas cuanto valen los cristales.
Porque eres un cegato de mierda, y necesitas tropecientas cosas delante de los ojos para medio ver.
Ahora va la muchacha, tan apañá ella, y te da un precio «razonable» (alrededor de 100, todo incluido), y no lo ves tan caro. Miras las gafas de sol que llevas en el bolso y decides sobre la marcha que sí, que ya les ha llegado la hora…
Y la muchacha se había equivocado al echar las cuentas, y te dice que son más 200 que 100, que te hace un 20 de descuento. Tú te mantienes firme, decides que eso ya es mucho dinero, te hacen aún más descuento por haber sido error suyo, sigues en que no.. Y entonces sale la frase mágica: «ponemos cristales normales» (en lugar de hipermegareducidos). Total, que me he comprado unas gafas de sol.
Y al salir de la tienda otros titantos ebros en un número de teléfono pa mi mamá. Que antes te tenían que echar un cable, pero ahora va a golpe de tarjetazo y te lo llevas puesto.
Glorioso el «momentillo». Al menos me he fumado un cigarrro por el camino…
Le habló un arkángel con gafas de sol nuevas.
Como ha dicho mi amigo er Nando al terminar la peli: «no es lo mismo».