Patente de Corso

Patente de Corso

A veces me acuerdo de ese diálogo en el que, conversando dos amigos, comenta uno: “Somos gilipollas”, y al decir el otro “No pluralices”, responde “Vale. Eres gilipollas”. Quiero decir con eso que en esta página suelo asumir sin demasiados complejos mi cuota de gilipollez.

Joder, el párrafo anterior es bueno. Tan bueno que no parece ni mio… Y es que, de hecho, efectivamente no lo es. Es de D. Arturo, Pérez-Reverte para más señas. Un señor al que leo más o menos habitualmente, y al que admiro (supongo) por decir las cosas que dice. Como las dice.

Puedes no estar de acuerdo conmigo, pero difícilmente podrás negar (con cierta autoconvicción) que este indivíduo escribe cosas que no muchos más se atreven a decir. Es posible que sea un estilo, una marca comercial como tantas otras que hay. Pero mire usted, yo voy al cine a ver películas que me gustan, que me entretienen o me llenan de alguna forma. Y cuando leo, pues me pasa igual. Críticos ya hay muchos, y casi todos ellos con más estudios y saber hacer que yo.

Así que desde hoy inauguro una nueva sección en este blog (que es mio, que mi pasta me cuesta, y en el que escribo lo que me da la gana), que se mantendrá siempre que me acuerde de ello, y que plagiare, citaré o copiaré (depende de la interpretación que le de el juez) directamente desde CapitanAlatriste.com. ¿Por qué no la enlazo directamente? Porque también lo hago. Pero quiero que estos textos permanezcan, así que me acabo de declarar una especie de “mirror-no-oficial-ni-mucho-menos” de la página de El Semanal de D.Arturo.

Además, comulgo con la idea de que todos somos gilipollas, solo que unos más que otros, es una cuestión de porcentaje (y esta frase, si no recuerdo mal, debí soñarla alguna vez, porque creo que es mia).

Y allá va la primera:

Más imbéciles que malvados

A veces me acuerdo de ese diálogo en el que, conversando dos amigos, comenta uno: “Somos gilipollas”, y al decir el otro “No pluralices”, responde “Vale. Eres gilipollas”. Quiero decir con eso que en esta página suelo asumir sin demasiados complejos mi cuota de gilipollez. Cuando juro en arameo procuro recordar que soy tan culpable como cualquiera. Ya no hay nadie inocente, y nos dividimos en general, salvo excepciones dignas del National Geographic, en dos categorías: los malvados y los imbéciles. Que no sólo son categorías compatibles, sino que a veces una lleva a la otra. George Bush es una muestra de cómo la imbecilidad puede convertirte en malvado. Y en España, para qué hablar. Recuerden al imbécil de Roldán, el ex director de la Guardia Civil, que terminó en malvado de película casposa de Pajares y Esteso. Pero también se da el proceso inverso. Javier Arzalluz, por ejemplo: un hombre lúcido e inteligentísimo que ha terminado escupiendo odio por el colmillo cada vez que abre la boca. A eso me refería. A veces, con su ejercicio continuado, la maldad o la mala fe pueden convertirte en un imbécil.

Lo que sí creo es que, en conjunto, somos más imbéciles que malvados. De momento. En España y en otros sitios. Lo que pasa es que aquí, claro, se nota más. Alguna vez he dicho que nunca en la historia de la Humanidad hubo, como ahora, tanto gilipollas gobernando, haciendo política, dictando leyes y normas, estableciendo lo socialmente correcto, controlando la cultura, la moda, el feminismo, el cine, las tertulias, el periodismo, creando opinión pública, influyendo en lo que vemos, comemos, vestimos, leemos, soñamos. Basta escuchar la radio, ver la tele, hojear un diario, oír hablar de delincuencia, de inmigración, de jóvenes, de religión, de automóviles, de lo que sea. Los imbéciles están en todas partes. Lo curioso, cuando miras alrededor, es que en realidad la gente no es así. Pero poquito a poco, como una enfermedad taimada que se va infiltrando a la manera de las películas aquellas de marcianos ladrones de cuerpos y cosas por el estilo, cada día que pasa todos nos parecemos cada vez más a esos ciudadanos virtuales que los imbéciles y los malvados se empeñan en fabricar. Los medios de comunicación masiva se han convertido en inmensos catálogos de publicidad, tendencias y reclamos. En tiranuelos de la imbecilidad de turno que se debe hacer, leer, decir, llevar. Ser. Algo imposible, desde luego, sin la complicidad de los receptores del mensaje; sin el aplauso y refocile de las víctimas, incapaces del menor sentido crítico ante el modo en que se deforma la realidad para adaptarla a las tendencias impuestas o por imponer.

De los últimos tiempos conservo, entre muchas, dos perlas ad hoc. Hace un par de meses me quedé de piedra pómez viendo un programa de la tele sobre la vuelta al cole y la moda juvenil para el nuevo curso. Ilustrando las tendencias de este año salían unas nínfulas uniformadas de colegio, con libros y mochilas, vestidas con escuetas minifaldas escocesas, calcetines, zapatos de tacón de aguja y camisas abiertas hasta el piercing del ombligo, maquilladísimas con cara de lobas agresivas y una pinta de putas que tiraba de espaldas. Y lo más gordo es que después he visto por la calle colegialas vestidas así. O casi. Pero la mejor es la otra perla. Mi premio Reverte Malegra Verte a la imbecilidad del año 2003 se lo lleva un recorte de suplemento dominical -menos mal que no es éste- titulado La dignidad que esconde una chabola, donde el asunto consiste en demostrar que la pobreza no significa falta de imaginación a la hora de buscar soluciones que hagan acogedor un entorno. Nada de eso. Por Dios. También los pobres tienen su puntito. Y más ahora, cuando a los poblados chabolistas se les llama, hay que joderse, barrios de tipología especial. Así que, para demostrar que una chabola puede ser tan imaginativa y de diseño como un chalet de Ibiza, se muestran diversas fotografías de casas gitanas cutres, imagínense el paisaje, con relamidos textos estilo Architectural Digest: “Los materiales predominantes elegidos son la chapa, la madera y el cartón”, dice un pie de foto, para añadir que la chabola “cuenta con un solo espacio funcional que sirve como cocina, sala de televisión, baño y dormitorio”. Y remata: “La solución para sostener el techo es una viga apoyada en un divertido bidón relleno de hormigón”. Lo juro. Tengo el recorte. Y somos imbéciles. No me pidan que no pluralice.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal | 16 de noviembre de 2003

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Durante mucho tiempo desde que comencé este blog allá por 2003 intenté mantener separado mi alter ego de mi mismidad.

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